La suerte esta echada

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La frase fue pronunciada en latín por Julio César al ordenar a su tropa cruzar el río Rubicón. El sentido histórico de la expresión es el de iniciar una empresa de consecuencias impredecibles de la que no podrá volverse atrás.

 

¿Qué cosa es el mercado?, una definición a nuestro juicio bastante plausible sería: “el lugar teórico donde se encuentran la oferta y la demanda de productos y servicios y se determinan los precios”. Así aparece cuando colocamos la palabra en el buscador de Google. La RAE por su parte entre varias acepciones nos dice que se trata del “conjunto de actividades realizadas libremente por los agentes económicos sin intervención del poder público”. Puede parecer abusivo de nuestra parte entrar en un concepto tan básico como la definición de “mercado”.

 

Pero ocurre que a lo largo de muchas décadas y en los más variados gobiernos y países, son muchas las personas que luchan por eludir las respuestas del mercado a las decisiones que toman los políticos desde sus oficinas y cargos. Se intervienen los mercados para intentar torcer los resultados que provocan las intervenciones previas, y que a su vez arrojan daños colaterales que originan nuevas intervenciones y así una y otra vez en una rueda que gira sin descanso.

 

Muchas veces se utilizan explicaciones y hasta eslóganes que intentan justificar la acción de los gobernantes en la materia. Se trata de que el mercado es “inhumano”, o se recurre a un clásico: “la fría ley del mercado”. O también “los fríos números del mercado” que por supuesto son inhumanos y que es necesario corregir según las siempre buenas intenciones de los gobernantes.

 

Obsérvese que conceptos tales como “frío” o “inhumano” pretenden dar fuerza a la idea de que los seres humanos, a la sazón gobernantes, son quienes deben corregir desde la ética, la solidaridad y la “justa distribución de la riqueza” las injusticias que en el mundo produce el malhadado mercado.

 

Si pasamos a nuestro país, podemos ver cómo a lo largo de muchísimos años esta línea de ideas que describimos se utiliza de manera recurrente. Nos hemos referido a este asunto demasiadas veces.

 

En estos momentos, con un gobierno de raíz populista, el intervencionismo y los controles de precios arrecian de manera dramática, todo ello corregido y aumentado por la pandemia que estamos soportando.

 

Se ha vuelto a la llamada “ley de abastecimiento” que pretende obligar a las empresas a producir al máximo para vender al precio que el Estado dice. El Estado emite la moneda de cambio, que pierde irremediablemente su valor por la emisión espuria que requiere el financiamiento del déficit fiscal. A su vez se prohíben los despidos de personal, o se recurre a fórmulas tales como la doble indemnización. También se fijan las tasas de interés y los salarios y se aplican nuevos y variados impuestos para intentar mejorar la recaudación fiscal . Se practican insólitas “retenciones a las exportaciones” que orillan el 35% del valor bruto. Y luego se recurre a la intervención del tipo de cambio de tal manera que finalmente un exportador de soja, por ejemplo, sólo podría adquirir con el producido de su venta, el 38% de los dólares que recibió originalmente. Luego deberá pagar, claro está, todos los demás impuestos y tasas, entre ellos el impuesto a las ganancias.

 

Se establece una metodología para los contratos de locación, se prohíben los desalojos, se fijan pautas de ajuste anual de los contratos que reniegan de la inflación pura y finalmente tratándose de leyes llamadas de orden público impiden a los particulares acordar entre ellos condiciones que se aparten de tales leyes.

 

Estos ejemplos que muy a vuelapluma transcribimos, son apenas la punta de un iceberg monumental que permite ir a los orígenes de la decadencia argentina. A esto podemos sumarle el constante cambio de las reglas de juego y las eternas fijaciones de precios máximos. Pasando por las insólitas cargas impositivas a la moneda extranjera y el denominado “cepo” que niega al hombre común adquirir dólares al precio oficial. Aún aquellos afortunados que pueden comprar 200 dólares por mes, pagan por su compra el precio oficial más un 65% de carga tributaria. Pero si luego desean vender esos dólares, tendrán que hacerlo al precio oficial, pero sin devolución de lo pagado en concepto de impuesto. El absurdo en su máxima expresión. Más y más restricciones, más y más controles, más y más intervenciones, y la pobreza aumenta de manera alarmante, y nadie está dispuesto a invertir en el país bajo estas condiciones.

 

Cabe preguntarse cómo es que esperan nuestros gobernantes que todo esto funcione y promueva actividad alguna. Todos vemos que, más allá de la pandemia que origina restricciones que afectan gravemente a la economía, las empresas cierran sus puertas, se van del país, se declaran en quiebra y el deterioro se hace asfixiante.

 

Los gobernantes entonces renuevan su fe en el intervencionismo, aplican sanciones, reparten dinero entre millones de personas que no trabajan porque no pueden o porque no quieren. Dinero que el Estado emite sin respaldo alguno provocando oleadas inflacionarias que luego intenta reprimir entre otras cosas con más controles de precios, más sanciones, más restricciones, más “cepos”. Esta escalera infinita hacia la nada es lo que podemos llamar, sin temor a equivocarnos, el empecinamiento terapéutico. Aumentar la dosis de la misma medicina que ha probado de sobra y durante décadas su ineficacia.

 

Tenemos así cada vez más pobres, cada vez más gente pidiendo dinero en marchas comandadas por oportunistas punteros políticos que viven y se nutren de la miserabilidad más rastrera: quedarse con una tajada de lo que reciben de ayuda los postergados que son obligados a marchar. Cada vez menos empresas, cada vez menos actividad económica, cada vez más gente que quiere irse del país, cada vez más autoritarismo, cada vez más cerrazón mental buscando culpables y cada vez más acusaciones vacuas a comerciantes y empresarios de ser los representantes del “frío mercado”, que se supone se cierne sobre nosotros si no aparece la ética de nuestros políticos que, desinteresadamente y con capacidad infinita, nos marcarán el camino hacia un “capitalismo moralmente justo”.

 

Hemos cruzado el Rubicón, señores. La suerte está echada.

 

 

Autor: Héctor Blas Trillo
Fuente: www.hectorblastrillo.blogspot.com
Informa: contadoresrosario.com

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